Crear formas, manipularlas y dotarlas de ritmo y color

Crear formas, manipularlas y dotarlas de ritmo y color

Su base son muchas horas de trabajo e indagación en el estudio, de manipulación e investigación con los materiales para lograr texturas.

El arte está en el ADN de Cristina Iturrioz Nicolás. En su familia ha habido coleccionistas y artistas; ella misma dibujaba y pintaba desde niña, si bien su formación derivó hacia Empresariales y Derecho Fiscal en la Universidad de Deusto. Pero la creatividad plástica no la dejó un solo instante; en paralelo a sus estudios, seguía dibujando y pintando, y llegó a diseñar moda. Lo necesitaba; lo suyo era crear formas, manipularlas y dotarlas de ritmo y color. Su recorrido por el circuito artístico de museos y exposiciones la estimulaba a seguir creando más allá del diseño; su continuada amistad con artistas la ayudaba —según confesión propia— a disfrutar siempre en el campo en el que quería estar: el arte. Cristina Iturrioz reconoce que junto a los artistas, los buenos artistas, ha aprendido a observar, a contemplar la obra de arte despacio, a educar la mirada, algo muy importante y decisivo a la hora de enfrentarse a cualquier género artístico.

Cristina Iturrioz, nacida en Pamplona, sintió desde muy pronto la devoción por los materiales, las texturas y los pigmentos. Artista polifacética y polivalente, se fue integrando paulatinamente, más allá del dibujo y el diseño, en la pintura, los relieves, los murales, la escultura, la fotografía, la publicidad… Asistió a cursos de arte y fotografía, pero se considera fundamentalmente autodidacta. Su base son muchas horas de trabajo e indagación en el estudio, de manipulación e investigación con los materiales para lograr texturas. Ha practicado el consejo de Cézanne: “Mirar intensamente la obra, dar dos pasos atrás y volver mirar”. Cristina Iturrioz sabe que el
artificio acaba creando verosimilitud.

Sus comienzos artísticos se orientaron hacia el dibujo, el diseño gráfico y la pintura figurativa, con la naturaleza como motivo, con la realidad como modelo. La mímesis de lo contemplado era su objetivo en el arte, pero de modo paulatino comprendió que a la mirada inmediata de las cosas cabía aplicarle una visión personal, una interpretación singular, un paso más allá que confieren la propia reflexión y el estilo. Un lenguaje propio, en paralelo con la expresión de Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia, que aboga por la creatividad femenina. Cristina Iturrioz habla de la necesaria “soledad del estudio” para interiorizar el pensamiento y la creación.

El retrato libre, desenfadado y pop fue uno de los primeros trabajos que desarrolló con gran éxito de aceptación entre una clientela entusiasta que difundía boca a boca su obra. Una etapa que vivió sobre todo en su estudio de Marbella. Fue un tiempo feliz y desenvuelto en la década de 1990 y principios de 2000, en el que su arte tenía acentos espontáneos. Pero sus pasiones y deseos iban más allá; empezó a sentir que buscaba otra cosa; comenzó a investigar en un arte más libre todavía de la realidad y de la mímesis. Un arte de calidades y texturas en el soporte, un hacer más expresionista en la abstracción. 

Su trayectoria comenzó hacia 1990, algo que la pintora navarra ha querido celebrar en este libro. Veinte años de entrega al arte suponen un buen momento para recapitular. Algunos coleccionistas fieles se lo pedían: un libro que acoja su trabajo artístico, principalmente el de su último período, en el que la autora se ha volcado con mayor rigor e intensidad, mostrando una línea de investigación peculiar en sus series a partir de un elemento o forma que cambia de escala hacia lo diminuto y que ha manipulado plásticamente hasta el asombro. Es una clara etapa de entrega, reflexión y madurez. 

Los motivos de inspiración o de apoyo los describe Cristina Iturrioz con claridad en sus entrevistas: “Al crear intento trasladar lo que está rondando en mi mente y sale de forma espontánea. Unas veces son imágenes, otras sensaciones, objetos, personas, películas, viajes, música, algo que me llamó la atención… Al terminar, intento ver si cuadra con aquello que imaginaba y si coincide con lo que ideé, vi o sentí”1. En suma, el arte se alimenta de las emociones y al mismo tiempo es una herramienta para canalizarlas. “El arte juega una parte formativa en la manufactura de la verdad”, como dice Gerhard Richter2.

Cristina Iturrioz es una mujer trabajadora y disciplinada, porque está convencida de que es bueno que la inspiración nos encuentre trabajando. “Cuando entro de lleno en la investigación o realización de una obra, no puedo dejarla”, insiste la artista. En sus estudios de Madrid, Pamplona o Marbella —según sus estancias o viajes—, se da su entrega y ofrecimiento de tiempo y energía al arte —su verdadera vocación y pasión—, una dedicación intensa y prolongada, hasta decir con Cy Twombly: “Pintar lleva siempre consigo algún tipo de trance”, para lograr lo mejor de sí misma, la obra más perfecta que esté a su alcance.

La artista navarra matiza sobre el proceso de la creatividad en su propio caso: “Puedo estar más de un mes sin trabajar en el estudio, pero mi mente no deja de pensar e imaginar lo que voy a hacer a continuación, cuando me encierro durante días enteros con jornadas de dieciséis horas”. Hay un tiempo para todo, dice el Eclesiastés3; tiempo de pensar y tiempo de hacer; tiempo de reflexionar y tiempo de decidir; tiempo de imaginar y tiempo de realizar; tiempo de nutrirse y
tiempo de desvelar energías. 

A la pintora —en la actualidad residente a caballo entre Madrid y Pamplona— le gusta el cartón como soporte de la pintura, porque absorbe muy bien los pigmentos, lacas y barnices que necesita para expresar la plasticidad buscada. Una técnica mixta de belleza y efectos visuales muy concretos. Cartones que tienen un grosor preciso para trabajar en ellos las perforaciones que abren espacios en el soporte con incisiones de punzón, siguiendo la escuela de Lucio Fontana, aunque desde distintos parámetros.

De ahí su serie denominada Cartones, en los que la pintora muestra sus abstracciones, mapas de color, paisajes abstractos —paisaje y abstracción siempre han dado un maridaje interesante— o bosques insinuados, ramajes, parras… pero siempre dentro de una figuración simplemente abocetada y de cambios de escala que llevan a la factura de cuadros atrayentes. Tierras de fuego tituló una de sus exposiciones en Madrid en la que se veían cuadros con rojizos y anaranjados luminosos, con polvo de mármol, sílice, nácar, arenas, esmalte… En algunos de ellos aparecía también el claroscuro.

La pintura la ha llevado igualmente a realizar murales de gran formato, sobre madera de barco, donde los materiales textiles, cordajes, hilos, maderas o papel de embalaje parecen llevarnos a una reconstrucción con los restos de un naufragio. 

Homenaje a África es otra serie pictórica de 2014 en donde recrea referencias iconográficas del continente madre de la humanidad, según los científicos. Los iconos son alusivos, desdibujados, abiertos y sugerentes. El espectador necesita mirar atentamente para descubrir selvas, estepas, máscaras, frutos y otros elementos de la tierra, abiertos en su dibujo y con cambio de escala.

Los Graffiti constituyen otra de sus series. La pintora se recrea en los distintos y sugerentes grafitis de las calles en las ciudades, e incluso ha adquirido a algunos grafiteros obras comercializadas en galerías de arte. Seguidamente quiso probarse como grafitera en una serie corta y muy personal. El magisterio de Jackson Pollock late tras estas obras con los drippings y gestos automáticos.

Series fotográficas

La fotografía digital hizo aparición en la creatividad artística de Cristina Iturrioz en el año 2000. Con ella descubrió la versatilidad e inmediatez de la imagen al poder cambiarla de escala y jugar con ella hasta el infinito en la forma, ritmo y color. Elegir elementos como un jinete, una bailarina o un maniquí articulado de madera —imágenes seleccionadas para sus piezas fotográficas— y convertirlos en meros objetos de composición seriada, como si fueran un alfabeto o un vocabulario icónico particular, le ha deparado numerosas satisfacciones.

Las series fotográficas jugaban con la imagen o su reflejo multiplicado en composiciones de grupos o familias, con ritmos verticales, horizontales, diagonales, círculos o cuadrados concéntricos, trapezoidales sobre fondos negros, rojos, azules, verdes, amarillos… La paleta de colores no tiene fin en sus mezclas y alternancias. Sueños de policromía, llama la autora a este caleidoscopio cromático infinito en movimiento. Este trabajo ha sido llevado en ocasiones más allá del papel fotográfico, al metacrilato sobre acero o aluminio, otros materiales singulares como soportes de la creatividad plástica.

Bailarinas, Jinetes y Muñecos articulados son los nombres de las series fotográficas de la autora, que hablan de danza, velocidad y movimiento. Todo ello en consonancia con el ritmo frenético con que Cristina Iturrioz trabajó estas series visuales en su imagen de partida. El reduccionismo y la repetición de la imagen en estas fotografías constituyen una especie de minimalismo en consonancia con la cultura del computador, la tecnología y la industria. Hay una cierta radicalidad
no exenta de cierto espíritu lúdico a lo Archimboldo en su planteamiento; cuando el espectador se acerca a la imagen y comprueba que los elementos que componen los corros o mariposas que se ofrecen a la vista son diminutas bailarinas, jinetes o muñecos. Se ha dicho que la poética de la cadena de montaje había impresionado y seducido a los vanguardistas históricos de principios del siglo xx. En el caso del trabajo de Cristina Iturrioz, son figuras mecanizadas, a partir de una imagen
realista llevada a mínima escala, que producen cierto extrañamiento visual, más alejado, por tanto, del citado pintor italiano. Con cada figura diminuta y mecanizada, además de geometrías, compone figuras orgánicas como mariposas, combinaciones florales, corros…

Pero la fotógrafa no se despega de la pintura y la superpone con frecuencia sobre sus fotografías, siguiendo el pálpito de su admirado Gerhard Richter, ese gran artista alemán que no ha querido caer nunca en la cárcel del estilo. Parece como si Cristina Iturrioz buscara un intercambio de materiales y pigmentos para romper imágenes y fronteras de géneros al mismo tiempo; como si pretendiera sensaciones nuevas o unión de diversos, cuando no de contrarios. Una amalgama de pulsiones estéticas, de dos lenguajes distintos, fotografía y pintura, que se hacen armoniosos compañeros de viaje, al cabo de un tiempo y tras una tradición que los consideraba enemigos.

La idea de la mujer sola, que baila consigo misma, como conductora de su propia vida, como buscadora de su propio equilibrio a través de formas camaleónicas o mutantes, se refleja con profusión en una primera serie fotográfica, de la que habría de nacer la imagen repetida y multiplicada. Una mujer a la que representa junto a diferentes atributos simbólicos como la balanza, los hilos, palos y cuerdas de marioneta. Rostros y Miradas completan esta visión de la mujer, en la que la autora parece hacer una reflexión personal “en voz alta”. 

Los desnudos en blanco y negro son otra serie de Cristina Iturrioz sobre el cuerpo humano protagonizada por la mujer, sola o acompañada de figuras masculinas o femeninas. La serie se denomina directamente Desnudos. En ella unas veces se resalta la anatomía y, otras, las poses femeninas, con guiños a la pintura velazqueña. Esta serie casi parece un paréntesis entre el océano de color de la artista.

Hay otra serie fotográfica sombría, oscura, creada a partir de una pérdida personal de la autora, que se tradujo en grandes fondos negros con una luminaria en el centro a modo de vórtice que absorbe la luz. Fue una serie de tirada corta, que curiosamente tuvo una gran aceptación por parte de los coleccionistas.

El huevo como núcleo, forma elemental y hallazgo

En su última etapa, a comienzos de 2014, Cristina Iturrioz llegó a la conclusión de que la forma más simple y sencilla era a su vez la más elegante y plástica. Esa forma la encontró en el huevo como origen y núcleo de la vida, como principio y génesis de toda una larga secuencia vital, que habría de darle apoyo y base para todos sus deseos expresivos e inquietudes artísticas. Así nació la serie El huevo, en la que la autora ha dado cauce, en formas ovoides, a todas las ideas que bullen en su mente. Recordemos que el arte es concepto, más allá de su sentido plástico u ornamental.

El Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot dice: “En el lenguaje jeroglífico egipcio, el signo determinante del huevo simboliza lo potencial, el germen de la generación, el misterio de la vida. La alquimia prosigue manteniendo ese sentido, precisamente porque se trata del continente de la materia y del pensamiento. Del huevo se pasa así al Huevo del Mundo, símbolo cósmico que se encuentra en la mayoría de las tradiciones, desde la India a los druidas. La esfera del espacio
recibía esa denominación; el huevo estaba constituido por siete capas envolventes (los siete velos o esferas de los griegos)4.

El huevo ha sido una serie muy fértil. Un encuentro casual, de los que el azar regala sin apenas haberlo buscado. En una suerte de frenesí total, la pintora Cristina Iturrioz comenzó a pintar fotografías de huevos en formato 60 x 40 cm con una rica técnica mixta, a base de pigmentos acrílicos, lacas, barnices… Buscaba texturas y efectos para lograr la obra artística más acertada en su manos. Así nacieron formas ovoides pictóricas de todo tipo, como los homenajes a sus admirados maestros Joan Miró, Piet Mondrian, Jackson Pollock, Antoni Tàpies, Eduardo Chillida… los grandes del arte que merecen reconocimiento. Sobre las formas ovoides ha pintado
abstracciones, paisajes, geometrías de arlequín, lunares flamencos, irisaciones, naturalezas… hasta un huevo de Fabergé, como guiño a las célebres joyas de los zares rusos. “En gran número de sepulcros de Rusia y Suecia se han hallado huevos de arcilla, depositados como emblemas de la inmortalidad”, recuerda Cirlot en su Diccionario de símbolos5. La imaginación de la autora parecía insaciable. “Solo dejo una serie cuando comienzo a ver que me repito”, afirma.

Los resultados visuales obtenidos con esos huevos pictóricos iban estimulando a la artista. Seguidamente llegaron las combinaciones de huevos, de manera diferente a como antes había alternado las bailarinas, los jinetes y muñecos articulados. Presencias y ritmos renovados en cuadros de gran formato. Después siguió la manipulación pictórica sobre las formas ovoides, como si Cristina Iturrioz no pudiera deslindar la pintura de la fotografía, géneros artísticos en los que ella se encuentra en su elemento.

La escultura, la tercera dimensión que ya abordó en los relieves de los murales, aguarda las formas ovoides exentas, de gran formato. La autora sueña con el tamaño monumental, al aire libre. Todo llegará. Todo a su tiempo. La carrera artística de Cristina Iturrioz ronda los veinte años. Su cabeza y su mente son un hervidero de proyectos. Conceptos e imaginación no le faltan; energía para llevarlos a cabo, tampoco. La artista se encuentra en una etapa de plenitud y primera madurez. Le queda mucho por hacer, pero cuando se vuelve la vista atrás, uno encuentra un buen trabajo, que da base al presente y al futuro.

“El arte es un anhelo de perfección y un refugio contra la muerte”, pensaban los clásicos. Clásico quiere decir universal, permanente. La artista navarra también aspira a ello, a modo de acicate vital y artístico. Como afirma su admirado Gerhard Richter: “Art is the highest form of hope” (el arte es la forma más alta de la esperanza)6.
 

Julia Sáez-Angulo
Asociación Internacional de Críticos de Arte. AICA

 

1. Sáez-Angulo, Julia: “Cristina Iturrioz, Veinte años de Pintura y Fotografía. Próximo libro sobre su obra”; La Mirada Actual, 25
November 2014.
2. Richter, Gerhard: Notes, 1962.
3. Ecclesiastes, 3. 1.
4. Cirlot, Juan Eduardo: A Dictionary of Symbols, J. Sage (trans.), Mineola NY: Dover Publications, 2002.
5. Ibidem.
6. Documenta 1982 catalogue text.